Si en algún punto de su carrera, usted trabajó junto a un jefe “malo”, posiblemente se encontró diciendo cosas como: “no me escucha”; “no reconoce mi esfuerzo”; “no toma decisiones”; “me maltrata”; “no sabe nada”; “no hace nada”; etc; etc… Si reuniésemos las quejas más frecuentes de las personas hacia sus jefes, podríamos dividir a los “malos jefes” en tres grupos: aquellos sin coraje, aquellos sin corazón y aquellos sin capacidad.

Más allá de las falencias que tenga un jefe, quejarnos no es la solución, porque los lamentos no harán de él un mejor jefe. En todo caso, harán de nosotros personas más amargadas. Adaptarnos a su forma de ser y comportamiento tampoco es una posibilidad, porque podemos terminar nosotros sin capacidad, sin coraje, o sin corazón. Entonces, si nos vemos en la situación de no poder cambiar de trabajo, ¿qué podemos hacer? A través de distintas historias personales, visualizaremos alternativas para convertir algo que percibimos como una incomodidad, en una oportunidad de crecimiento.

El jefe sin coraje
Durante años, tuve un jefe que no “se jugaba” por nada, ni por nadie: no resolvía desacuerdos internos en el equipo; no defendía a su departamento de otros sectores de la empresa; posponía permanentemente las decisiones hasta que terminaba tomándolas otra persona; etc… Cuando este jefe se retiró, decidí escribirle una carta para volcar toda mi frustración. Pero al terminarla, me di cuenta de que -en realidad- había escrito una carta de agradecimiento…

Cada vez que mi jefe se negaba a actuar, me forzaba a actuar a mí: a hablar con otras gerencias; a calmar a los clientes; a defender un proyecto; a intervenir entre mis colegas; a decidir un curso de acción; etc… Aquellas situaciones que yo veía como presiones “injustas”, fueron fundamentales para mi desarrollo profesional y personal.

La cobardía ajena es una oportunidad para demostrar el coraje propio. Si usted está frente a un jefe cobarde, verifique cuánto coraje tiene en su interior… porque muy posiblemente lo necesitará! Verse obligado a recurrir a su propio coraje, le dará la oportunidad de aprender muchas cosas, entre ellas a: manejar el riesgo; equilibrar cautela con arrojo; fortalecer su carácter; decidir cuándo algo es lo suficientemente importante, como para pelear por ello; tener determinación para lograr sus propósitos y defender sus convicciones; abandonar su zona de confort; unirse a otras personas para obtener apoyo y consenso; y resolver proactivamente los problemas sin depender de la “confirmación”, la “autorización”, ni la frecuente “espera burocrática”.

El jefe sin corazón
Algunos años atrás, llegó a nuestro departamento un nuevo gerente. Desde el día en que se presentó, comenzó a tratarnos mal, a presionarnos, a exigirnos sobremanera y a repartir reprimendas a diestra y a siniestra. Su estilo -que él definía como “exigente”- era percibido por todos como “insensible”. Prácticamente, no pasaba una semana sin que alguien en su equipo llorara, se desanimara, o se enfureciera, tras hablar con él.

Sin dudas, viví malos momentos durante la gestión de aquel jefe insensible, pero hoy reconozco que el “dolor” no fue en vano. Antes de trabajar para él, nuestro equipo era bastante desunido e indiferente. Apenas conocía a mis colegas: no teníamos trato, más allá de las cuestiones estrictamente laborales. Esta distancia desapareció a partir de la llegada del jefe “sin corazón”. Nos unimos mucho más, cambiamos el tono y el contenido de nuestras comunicaciones, comenzamos a apoyarnos, a ayudarnos y a contenernos. De no ser por aquel jefe “duro e implacable”, posiblemente nunca hubiésemos cultivado la dimensión emocional de nuestro trabajo.

La insensibilidad ajena es una oportunidad para despertar la sensibilidad propia. Muchas veces, hasta no tener una evidente carga de sentimientos negativos, no se advierte la ausencia de los positivos. La exigencia, la impaciencia, la intolerancia, la injusticia y las presiones de un jefe sin corazón, pueden enseñarle la importancia de considerar las emociones de las personas y las suyas.

El jefe sin capacidad
En mi primer trabajo, tuve un gerente que me llamaba a su oficina varias veces al día, para que resolviera sus tareas. Furioso por no poder cumplir nunca con mi propio trabajo, me preguntaba qué mérito tenía esa persona para ser mi jefe, si no era capaz de hacer nada sin mi ayuda. En las reuniones de personal, me contenía de decir la verdad cuando le felicitaban a él por trabajos que había hecho yo. Detestaba que -cada vez que se ausentaba- me dijese: “Hazme quedar bien!”

Un buen día decidí que “tragarme la bronca” no era saludable y contar la verdad equivaldría a “suicidio laboral”, por lo que la única opción era capitalizar esa situación para mi beneficio. A partir de ese momento, dejé de quejarme de lo incapaz que era mi jefe y procuré aprender todo lo posible sobre las tareas y los roles gerenciales bajo su responsabilidad. Gracias a la experiencia que obtuve haciendo su trabajo, al año siguiente me postulé para una vacante gerencial en la compañía y obtuve el puesto.

La incapacidad ajena es una oportunidad para desarrollar la capacidad propia. Si usted tiene un jefe que no hace su trabajo (porque no quiere, o porque no puede), hágalo usted… y aprenda! En lugar de ver el trabajo como una “carga”, véalo como una oportunidad de aprendizaje. No escuche su ego, cuando su jefe reciba todo el crédito por el trabajo que usted hizo. Más tarde o más temprano (en esa organización, o en otra), su capacidad saldrá a la luz y será reconocida. Mientras tanto, aproveche la falta de talento de su jefe, para desarrollar el suyo.

Los protagonistas de estas historias tomaron una decisión muy inteligente: negociaron con una situación de incomodidad, en lugar de enfrentarla, negarla, o lamentarla. Quien trabajó para el jefe sin coraje, negoció responsabilidad por fortalecimiento de carácter. Aquel que trabajó junto al jefe sin corazón, intercambió tensión por construcción de relaciones. Finalmente, quien tuvo al jefe sin capacidad, intercambió reconocimiento a corto plazo por proyección profesional a futuro.

Si usted tiene un jefe sin capacidad, sin coraje, o sin corazón, procure cambiar su actitud y la forma en que ve la situación. Hasta tanto pueda modificarla -o salir de ella- capitalice los espacios de aprendizaje y las oportunidades de crecimiento.

¿Incomodidad o crecimiento?… Depende de usted!!!

CB.-