El conocimiento es fuente de poder. En las organizaciones este poder se vuelve evidente, cuando las personas utilizan aquello que saben para defender sus intereses, para legitimizar su posición, o para dominar a los demás.

Pero estas formas de usar el poder que da el conocimiento no son fáciles de identificar y mucho menos de combatir. Las personas ocultan su poder, poniéndole el disfraz de roles funcionales, como los que presentamos a continuación:

Líder: los líderes utilizan su conocimiento para dirigir a otras personas hacia un objetivo. Como -normalmente- este conocimiento no lo poseen sus seguidores, el líder puede analizar posibilidades que aquellos no consideran. Esto le permite aparecer -a los ojos del resto de la organización- como alguien visionario. Los líderes también influyen en la trasmisión de ese conocimiento: en el lenguaje, los símbolos, los temas de importancia, la atención de las personas, las opiniones, etc…

En ocasiones, esta influencia se convierte en una “dictadura del conocimiento”: la persona poseedora del conocimiento concentra en ella todas las decisiones, e impide que se manifieste alguna visión diferente a la suya. Como un dictador político, desestima la voluntad general e impone la suya argumentando que -como sabe lo que otros no saben- “ve lo que otros no ven”. Capitalizando la admiración de sus seguidores y la confianza en su “sapiencia”, en lugar de dirigir, manipula. Esta conducta es muy común en aquellas organizaciones cuya estructura se divide en “pensadores” y “ejecutores”: quienes poseen el conocimiento deciden y quienes no, ejecutan esas decisiones.

Experto: el experto posee una habilidad -o conocimiento- especial sobre un campo determinado. Por lo general, es una persona intuitiva que sabe muchas cosas a partir de su experiencia.

Dado que la experiencia es algo intangible, el experto muchas veces se ampara en el argumento “sé hacerlo… pero no puedo explicarlo”, evitando así transferir sus conocimientos. Con el tiempo, crea en torno suyo un “aura” de misterio y secreto: como todos ven aquello que hace pero nadie sabe cómo lo logra, parece que obrara “milagros”.

Además, su especialización le coloca en una posición de privilegio: cada vez que necesitan ayuda, las personas deben acudir al “único” capaz de resolver el problema. Así, el experto concentra la satisfacción de las necesidades de los demás y crea dependencia. Este suele ser el caso de personas con muchos años en una organización, que tienen una respuesta para todo y un consejo disponible para los más novatos. Estas personas prefieren ser “molestadas” ante un problema, que revelar la solución, formando a las nuevas generaciones.

Intermediario: es aquella persona que sabe quién necesita la información y para qué. Tiene una gran cantidad de contactos, es buena para cultivar relaciones y conoce las fuentes de información. Generalmente, su función es asegurarse de que aquellos que necesitan conocimiento, lo reciban en tiempo y forma. Un intermediario es muy útil en una organización, ya que vincula los recursos a las necesidades.

Pero es muy común que los intermediarios funcionen como “guardianes de la información”, evitando el acceso a personas y a otros recursos. Así, orientan sus influencias políticamente para decidir quién ve qué, cuándo y cómo. Cuando esto ocurre, el intermediario se convierte en un obstructor: utiliza el poder que tiene sobre los canales, para bloquear el acceso a ellos. Este es el caso de los secretarios que actúan de “filtro” con sus jefes.

Pero no sólo tener conocimiento da poder. No tenerlo -y hacer evidente esta carencia- también es fuente de poder. Esto nos conduce a un último “disfraz”:

Aprendiz: todo proceso de aprendizaje parte de un acuerdo entre un maestro y un alumno. El maestro se compromete a transmitir un conocimiento al alumno y éste a incorporarlo, durante un período de tiempo. Pero hay veces en que este tiempo se extiende inexorablemente, detrás de la consigna “aprendizaje continuo”. Hay personas que están siempre más interesadas en la incorporación de conocimiento, que en su utilización. Están tan centradas en el aprendizaje, que nunca llegan a explotar el conocimiento adquirido y -como consecuencia- nunca crean un valor para la organización.

Amparadas en el rol de aprendices, muchas personas evitan comprometerse, tomar decisiones, o hacerse responsables de un proyecto. Su falta de preparación y de conocimientos les permite ganar un espacio de poder en la organización: obtienen protección y privilegios a la hora de evaluar el desempeño. Son las personas que siempre piden ayuda, adulan a las demás por lo que saben, o delegan las decisiones en otras. Detrás de su “humildad”, hay una clara búsqueda de beneficio.

Toda organización necesita líderes, expertos, intermediarios y aprendices. Cada una de estas personas deberá utilizar su conocimiento para desempeñarse en su respectivo rol. Sin embargo, vimos que las personas suelen utilizar el poder que les confiere el conocimiento motivadas por otros intereses, que no responden al cumplimiento de su trabajo. Si bien estos intereses son particulares, perjudican al conjunto de la empresa.

Una organización tiene formas de desalentar esta utilización del poder del conocimiento, apoyando la colaboración en lugar de la competencia. Esto es posible porque el conocimiento es el menos “escaso” de los recursos: mientras más se da, más se reproduce. Por lo tanto, no deberíamos temer compartirlo.

Esta visión “no-egoísta” puede hacernos cambiar el uso que hacemos del conocimiento. No se trata de quitarle poder (cosa imposible de hacer), sino de compartir su poder para proteger el interés colectivo y no el individual.

CBR.-