Las opiniones pueden ser tan diferentes como las personas. En todas las cuestiones opinables hay posiciones distintas: a favor o en contra, si o no, aborto legal o no, pena de muerte o no, etc… Sin importar qué opinión tengamos respecto de algo, ésta no siempre será compartida por todos. Sin embargo, nos sentimos más cómodos si los demás comparten nuestras opiniones, o piensan como nosotros. ¿Comprendemos que no tenemos derecho de exigir esto?

Consideremos la siguiente escena:

Una pareja discutía si castigar -o no- a su hijo. Para resolver la cuestión, decidieron consultar al abuelo. Luego de que el padre diera su parecer, el anciano respondió: Tienes razón. Al cabo de unos minutos, la madre expresó su opinión y el abuelo le dijo: Tienes razón. Pero -protestaron ambos- acabas de acordar con dos opiniones opuestas!

Nuevamente, el anciano contestó: Tienen razón.

La moraleja de esta historia podría expresarse de la siguiente manera: tenemos tanto derecho a tener razón, como los demás. Obstinarse en tener la razón sobre algo, es una forma de pretender ser dueño de la verdad. Pero nadie posee “la verdad”, sino que todos la buscamos continuamente a través de nuestras opiniones. Una de las características de la opinión es que nunca es definitiva y estática, sino que está en permanente cambio…. incluso, dentro de nosotros mismos! Por lo tanto, es irracional pretender tener absoluta razón cuando discutimos sobre algo.

Quienes insisten en tener razón, confunden su opinión con “la verdad” y no respetan las posturas de los demás. En el mejor caso, las toleran. Pero para estas personas, la tolerancia tiene un carácter condescendiente: es un favor que les conceden a los demás, al “soportar” sus opiniones. Estas personas toleran sin respetar el derecho fundamental de alguien a dar su opinión. Tener una postura es un derecho. Es una demanda justa que tiene toda persona y que se desprende de valores esenciales como la igualdad, la autonomía, la libertad y -por sobre todo- el respeto. El respeto nos hace reconocer la singularidad de la otra persona. Por lo tanto, tolerar no es “soportar”, sino aceptar el derecho de toda persona a ser, pensar y vivir a su manera. Cuando toleramos a alguien, aceptamos que será distinto a nosotros. Aunque disintamos con sus opiniones, debemos respetarle como persona que vive de acuerdo a esas creencias particulares.

Las creencias son parte de una persona. Es por ello que no podemos respetar a alguien como “persona”, sin respetar sus creencias religiosas, su nacionalidad, o su preferencia sexual. El respeto exige considerar a la persona en su totalidad. Imaginemos que un oponente político le dice a otro: “Te respeto como persona, pero no como liberal.” En este caso, no está respetando la singularidad de esa persona, porque el liberalismo es la creencia de su rival. En cambio, si le dijera: “Si bien no creo en el liberalismo, te respeto como persona”, estaría respetándolo como un rival, como alguien que tiene opiniones que no comparte, pero a las que reconoce un valor.

Es decir, respetaría el derecho de su oponente a expresarse a través de su visión de la realidad. Cuando respetamos completamente a alguien, no nos vemos en la necesidad de “soportar” sus opiniones, porque ellas tienen un valor para nosotros, por ser las creencias particulares de esa persona.

Entonces, ¿porqué nos obstinamos en tener la razón? ¿Será que defendemos tenazmente nuestras opiniones -y nos mostramos intolerantes hacia las de los demás- porque creemos que así afirmamos nuestra identidad? Si pretendemos fortalecer nuestra identidad, deberíamos hacer todo lo contrario: reconocer que no siempre tenemos razón. Tanto los aciertos, como las equivocaciones forman nuestra personalidad. Por lo tanto, aceptar que otra persona puede tener razón -y que nosotros no- es un síntoma de crecimiento.

El derecho a opinar, es el derecho a “tener razón”… y también a equivocarse! Este es uno de los principios fundamentales sobre los que se basa la tolerancia. Ser tolerante es respetar el derecho de los demás a hacer y re-hacer sus vidas de acuerdo a sus creencias. Acaso, ¿no merecemos ese derecho?

CB.-