Te propongo que te tomes unos minutos para reflexionar sobre algunas cuestiones relacionadas con tu hijo(a), guiado por una serie de preguntas. Si tienes más de uno(a), haz el ejercicio las veces que corresponda. Si aún no tienes, seguramente conocerás a alguien a quién transmitirle este mensaje…

Estas primeras son relativamente fáciles…

¿Qué comida le gusta más?

¿Cuál es su pertenencia (juguete/libro/prenda) favorita?

¿Quién es su mejor amigo?

¿En qué tareas de la casa le disgusta colaborar:secar los platos, sacar la basura, ordenar su cuarto?

¿Qué asignatura escolar le da más trabajo?

Estas otras son algo más difíciles…

¿Para qué es bueno? (¿Cuenta buenos chistes? ¿Tiene memoria prodigiosa? ¿Es encantador en la reuniones?)

¿Para qué es malo? (¿No sabe bailar? ¿Comete muchos errores de ortografía? ¿No es fotogénico?)

¿Qué no le gusta de la gente?

Las siguientes son aún más complicadas…

¿Qué le enoja?

¿Qué le entristece?

¿Qué le avergüenza?

¿A qué le teme?

Si pudiera pedir tres deseos ¿qué piensas que pediría?

Y hay un último grupo realmente arduo…

¿Cuál fue el último mal momento que pasó?

¿Cuál fue su mayor alegría?

¿De qué logro se siente más orgulloso/a?

¿Hasta dónde sería capaz de mentir para que tu no te enfades?

¿Ya tuvo alguna experiencia sexual? ¿De qué tipo? ¿Qué percepción le quedó?

¿Qué persona fuera del hogar influye más en él/ella?

Más allá de la cantidad de preguntas que puedas responder con exactitud, hacértelas te ayuda a clarificar algo importantísimo: en esto de ser padres, nadie nació sabiendo… y hay mucho por descubrir y aprender! Si te comprometes con el proceso de conocer a tus hijos (y a la vez conocerte como padre), tus hijos se sentirán más aceptados y respetados como personas, y tu podrás ejercer tu rol con menos impotencia, sentimientos de culpa, temores, cuestionamientos e incertidumbres. Conocer es amar.

Los padres estamos constantemente buscando maneras de relacionarnos mejor con nuestros hijos, educarles en aquello que consideramos importante para su futuro, marcarles límites, proveerles la debida orientación, ayudarles a enfrentar sus problemas, etc… Pero, ¿nos tomamos el tiempo de llegar a conocerles? Solemos pensar que son “extensiones nuestras”… cuando son personas independientes y únicas, con sus propios pensamientos, sentimientos, fortalezas y debilidades, metas y sueños.

Nos preocupa no saber cómo llegar a nuestros hijos y establecer una conexión profunda y auténtica con ellos, para poder amarlos y educarlos mejor. Vivimos repitiendo frases como “No sé que hacer con él”; “Estamos cansados de que se queje todo el tiempo”; “Nada la estimula”; “No tiene límites”; “Está en otra cosa”; “No me escucha”; etc… Esta desorientación e impotencia es consecuencia directa de lo poco que conocemos a nuestros hijos.

En el conocimiento de los hijos, reside gran parte del éxito de su crianza. La educación de un hijo no es más que un proceso de descubrimiento que permite a los padres explorar, canalizar y potenciar las virtudes y potenciales de sus hijos. El primer paso para educar a un hijo es descubrirlo como persona: quién es; qué le apasiona; a qué le teme; en qué se destaca; con qué sueña; qué le cuesta; qué espera de la vida; cómo se ve a sí mismo y a su entorno.

Un padre que conoce muy bien a su hijo está mejor preparado para estar, dar, entender, apoyar, acompañar, contener, orientar y estimular.

Cuando un padre conoce las habilidades de su hijo, puede apoyar su vocación y orientar mejor su formación académica. Cuando conoce sus intereses, puede motivarle mejor. Cuando sabe “en qué anda” puede prevenir una mala experiencia. Cuando tiene claro qué le depara el futuro puede aconsejarle para decidir prudentemente. Cuando comprende sus temores, debilidades e inseguridades, está en mejores condiciones para ayudarle a enfrentar sus diferentes desafíos: escolares, físicos, sociales y laborales. Conociendo más a un hijo se puede lograr una presencia mucho más impactante en su vida.

Carlos H. Barrientos.