El concepto “inteligencia” data de mucho tiempo atrás y se ha desarrollado en diversas etapas, a lo largo de la historia, cada una de las cuales ha aumentado nuestro conocimiento de esta facultad.

Antes del siglo XX, la palabra “inteligencia” era utilizada para describir el poder mental de las personas. En nuestras culturas, se llamaba “inteligentes” a aquellas personas rápidas, hábiles, elocuentes, o astutas. En otras culturas, se consideraba inteligentes a aquellos individuos de rica vida espiritual, sabios, o equipados con poderes mágicos. Si bien estas concepciones siguen presentes hoy en día en gran parte de la sociedad, en poco más de cien años hemos logrado muchas más precisiones y aperturas. Veamos las más influyentes…

A comienzos del siglo XX, Alfred Binet creó el primer test de inteligencia. A partir de aquel momento, el concepto comenzó a estudiarse científicamente. Esto posibilitó estimar la inteligencia de una persona a partir de un conjunto de variables, que iban desde la facilidad de manejar símbolos e ideas, hasta la aptitud para manipular objetos y herramientas. En poco tiempo, el test de inteligencia se volvió una norma en escuelas y otras instituciones. Para la década del 30, las pruebas de inteligencia y su producto, el coeficiente intelectual, habían ganado amplia aceptación en las sociedades occidentales. Con la institucionalización de estas pruebas, se dio prominencia a la “inteligencia científica”, caracterizada por el pensamiento lógico y racional.

Hasta mediados de siglo, la inteligencia era percibida como un concepto unitario, que podía ser capturado en un número. Pero no tardaron en surgir debates que planteaban que el concepto podía ser descompuesto y concebido como un conjunto de factores independientes. A partir de la segunda mitad del siglo XX, la inteligencia dejó de ser un concepto singular, para pasar a ser uno plural. Diversos descubrimientos en psicología y neurología, mostraron que la mente está compuesta de módulos o “inteligencias” independientes. Dentro de este grupo de investigaciones, la teoría más conocida quizás sea la postulada por Howard Gardner, bajo el nombre de “inteligencias múltiples”. Según Gardner, el ser humano puede desarrollar siete inteligencias diferentes: además de la lógico-matemática (a la que la mayoría reducía el concepto), una persona puede tener inteligencia lingüística (para manejar con habilidad y creatividad el lenguaje); musical (aquella que posibilita manipular sonidos, componer y ejecutar melodías, tocar instrumentos); espacial (para orientarse en el espacio); corporal (posibilita una gran destreza física y suele manifestarse en la habilidad para los deportes, el baile, etc…); interpersonal (para relacionarse con otras personas, educar, liderar, vender, etc…); e intrapersonal (aquella que potencia la capacidad reflexiva e introspectiva). A partir de este descubrimiento, comenzó a valorarse la diversidad de la inteligencia.

Si bien la aceptación de la diversidad fue un paso importante en el estudio de la inteligencia, ésta seguía siendo vista como algo independiente, que existía en la mente de cada individuo. Sin embargo, pronto se descubrió que la inteligencia no existe independientemente del contexto donde vive, trabaja y se desenvuelve una persona y de las oportunidades y valores de su ambiente. El jugador brasileño conocido como Pelé pudo tener el potencial de ser un gran futbolista, pero si hubiese vivido en una cultura sin fútbol, ese potencial difícilmente se hubiese manifestado. Lo mismo podríamos decir de célebres ajedrecistas, o músicos. La inteligencia siempre es una interacción entre las tendencias biológicas de una persona y las oportunidades de aprendizaje presentes en su contexto. Esta contextualización del concepto, dio lugar a dos conclusiones importantes: la inteligencia no puede ser medida en abstracto; y -para desarrollarla- es preciso crear nuevos entornos, donde las posibilidades intelectuales de las personas tengan la oportunidad de ser despertadas y practicadas. A partir de aquí comenzó a otorgarse mayor importancia a la educación en el desarrollo de la inteligencia. Se comprendió que la inteligencia podía alimentarse, construyendo ambientes propicios y utilizando estrategias educativas para tal fin.

Uno de los últimos avances en el estudio de esta facultad es el concepto de “inteligencia de los sistemas”. Además de hablar de la inteligencia de las personas, hoy se habla de la inteligencia de los equipos, de las organizaciones, etc… Una persona puede potenciar su inteligencia individual, si se desenvuelve en una “red inteligente”, es decir, si se rodea de personas y recursos que le plantean desafíos, que le sugieren nuevas ideas, que alientan su creatividad, etc… Esta extensión del concepto más allá del individuo, ha permitido valorar la cooperación, el diálogo y el trabajo en equipo.

En los últimos cien años se han producido notables progresos en el entendimiento de la inteligencia. Hoy sabemos mucho sobre ella y comprendemos mejor su manifestación y desarrollo.

Sin embargo, aún queda un importante paso que dar: encauzar la inteligencia. No es suficiente entender en qué consiste la inteligencia y cómo desarrollarla. Como toda capacidad humana, puede ser utilizada para el bien, o para el mal. Parte de nuestra responsabilidad es tratar de aplicar nuestra inteligencia al mejoramiento integral de nuestra vida y de la de los demás. Ser inteligentes hoy es movernos en esta dirección…

… hasta pronto y saludos cordiales.

CB.-