Cuando leemos -o escuchamos- acerca de un crimen o un acto dañino cometido contra una persona inocente, inmediatamente asumimos que el autor es una “mala persona”, posiblemente alguien insensible, violento, cruel, o perturbado psicológicamente. ¿Quién -sino- sería capaz de dañar a un ser humano inocente? Según el psicólogo Stanley Milgram, cualquier persona es capaz. Así lo demostró su polémico experimento científico…

En el año 1967, Milgram convocó a un grupo de personas, para participar de un estudio sobre “castigo y aprendizaje” en la Universidad de Yale. Cada una de estas personas atravesaba el siguiente proceso:

Un científico le informaba que desempeñaría el rol de maestro y que otro participante, haría las veces de alumno. La consigna era la siguiente: el “maestro” debía leer pares de palabras al “alumno” y luego éste debía recordar la segunda palabra del par, cada vez que el maestro dijese la primera. Si se equivocaba, el “maestro” tendría que darle un castigo, como forma de reforzar el aprendizaje.

Explicada la consigna, el científico conducía a ambos participantes a una sala contigua, donde había un aparato similar a una silla eléctrica. Allí, sentaba al “alumno”, le ataba con unas correas y le colocaba un electrodo en cada brazo. Luego, conducía al “maestro” a una máquina que constaba de varias llaves marcadas con diferentes etiquetas: “15 Voltios-Descarga Leve”, “100 Voltios-Descarga Media”, “450 voltios -Descarga Severa”. Entonces le explicaba que, cada vez que el alumno fallara, debía aplicarle una descarga como castigo. Esta comenzaría en el nivel más bajo e iría aumentando -progresivamente- con cada nuevo error.

El “maestro” leía los pares de palabras y preguntaba al “alumno”. Cada vez que éste último cometía un error, el “maestro” aplicaba una descarga eléctrica. Si bien los errores iniciales eran castigados con descargas leves y ello no producía reacción alguna en el “maestro”, conforme el voltaje de la descarga aumentaba, éste empezaba a escuchar las quejas del “alumno” y dudaba de administrar nuevos castigos. Sin embargo, el científico le exigía continuar y desoír las quejas y súplicas del alumno, con argumentos como: “El experimento requiere que continúe”; “Es absolutamente esencial que usted aplique el castigo correspondiente”; “Recuerde que está haciendo esto por el progreso del conocimiento y la ciencia”.

En realidad, aquel experimento escondía una trampa: la persona que hacía de “alumno” era un actor contratado para simular sufrimiento y las descargas eléctricas no eran reales. Es decir, el estudio era sobre el “maestro” y no -como éste pensaba- sobre el “alumno”. Las personas no estaban participando de una investigación sobre aprendizaje, sino sobre obediencia. Sin embargo, los participantes no supieron nada del engaño, hasta el final de experimento. Para ellos, los gritos de dolor y las súplicas eran reales.

Los datos obtenidos en el experimento sorprendieron -y preocuparon- a Milgram, a otros científicos y a la comunidad en general: más del 60% de los sujetos en el rol de maestro obedeció, llegando hasta los 450 voltios, incluso aunque el “alumno” simulaba no dar señales de vida. En muy pocos casos fue necesario interrumpir el experimento, por negación del participante a continuar. ¿Cómo fue posible esto? ¿Acaso estas personas eran sádicas y despiadadas? Evidentemente no, ya que todas se mostraron preocupadas, desearon interrumpir las descargas y -al enterarse de que no habían hecho daño a nadie- se mostraron aliviadas. Entonces, ¿por qué lo hicieron?

Según Milgram, los participantes cumplían las órdenes de la autoridad (científica) que tenían delante. Ellos se veían como simples “ejecutores” de órdenes provenientes de una autoridad que consideraban legítima. La estructura del experimento activaba una norma social muy arraigada en las personas: “Se debe obedecer la autoridad”.

Cuando alguien entra en una organización jerárquica, suele aceptar -en mayor o en menor medida- que su pensamiento y sus actos sean regulados por una autoridad. Al considerarse parte de un “sistema”, muchas personas no piensan que son responsables de sus propias conductas y que deberían controlarlas. Esto se debe a una alta credibilidad en el sistema de roles y jerarquía que tienen las personas.

A pesar de que este experimento planteó un serio problema de ética científica (debido al engaño del que fueron víctimas los participantes), su descubrimiento fue muy valioso: probó que la humanidad no se divide nítidamente entre aquellos que tienen la potencialidad de hacer el mal y aquellos que no. Episodios como las guerras y las matanzas nos demuestran que personas “normales” pueden llegar a torturar y a asesinar a otras, sólo por obedecer órdenes. Es muy común en los juicios a criminales de guerra, que los imputados culpen por sus acciones criminales a las autoridades de quienes recibían órdenes.

Si lo analizamos en profundidad, el experimento de Milgram acerca de la obediencia nos plantea una inquietante pregunta: ¿A qué obedecemos? Cuando actuamos, por lo general lo hacemos obedeciendo a algo o a alguien, ya sea una autoridad, una institución, o una norma. Todos -en mayor o menor medida- nos vemos influidos por el poder de esos sistemas. Pero, ¿qué sucede cuando la obediencia a un sistema, entra en conflicto con nuestros valores?

Cada vez que aquellas personas aplicaban una descarga eléctrica sobre el otro participante, sufrían un conflicto: hacían algo que no querían hacer, porque sabían que era incorrecto. Sin embargo, colocaban por encima de su conciencia, la obediencia a las órdenes del científico. Es decir, asignaban más poder a la autoridad, que a sus valores. Esto sucede todo el tiempo, en todo tipo de organizaciones y a todo tipo de personas…

Para evitar conflictos internos y actos de los cuales lamentarnos, debemos entender que la responsabilidad por nuestras acciones es nuestra y de nadie más. No estamos “obligados a obedecer”: siempre es decisión nuestra dónde, a qué y a quiénes atribuir poder. Seamos muy conscientes de esto, elijamos obedecer primero a nuestros valores -priorizando los universales, por sobre los particulares- y cuestionemos en todo momento nuestras prioridades, modelos de autoridad y referentes de poder.

Saludos cordiales.

CB.-